¡Gracias!

El calendario cívico dedica el segundo domingo de mayo a la celebración, amor y gratitud, del Día de la Madre, jornada que debiera proyectarse todo el año para que las muestras de cariño no sean empañadas por exigencias sociales sino que reflejen sinceridad, puesto que como señala la sabiduría popular, es de corazones nobles ser agradecidos. ¿Quién merece mayor agradecimiento que la madre?

Durante nueve meses en los que el hijo aún no ha nacido es querido y esperado y va germinando en el fértil surco del vientre materno. Por mucho que sea el avance de la ciencia para desentrañar los misterios en la cadena de la vida, los científicos no han logrado dotar a los seres humanos de una cuna tan perfecta en la que la diminuta vida es arrullada al ritmo del corazón materno.

En los más remotos lugares donde la joven madre recorre veredas y caminos con el hijo en brazos; en las colonias marginales y en los barrios pobres donde las madre lavan ropa o preparan el canasto para vender verduras, o en las grandes mansiones, el sentimiento es único: ¡Gracias!

Las expresiones de gratitud serán diferentes sin duda, sus manifestaciones no estarán acompañadas en todos los hogares por igual, pero su contenido será el mismo, porque el amor de la madre no sólo hizo posible la vida, sino que la protegió mientras fue necesario y proporcionó las alas para volar.

En las últimas décadas ciertos movimientos feministas vienen propalando, con el respaldo de organismos internacionales, la falacia de oponer, con carácter de irreconciliable, la mujer profesional a la mujer madre, como si esta última no pudiese lograr sus aspiraciones profesionales a causa de la maternidad, o la primera considerase los hijos un obstáculo para su desarrollo integral. Las furibundas defensoras de la política de género, como reacción ante las aún expresiones machistas quieren eliminar lo que denominan la carga de los hijos, como un lastre para alcanzar el nivel profesional de los hombres.

Nada más alejado de la dimensión creadora de la mujer en la humanidad sobre todo cuando en la gestación, en el crecimiento y en la educación de la prole participa activa, responsable y oportunamente el hombre, el compañero, el padre. La familia es tarea de ambos, aunque el alto nivel de irresponsabilidad en el hombre, no justifica ni legitima la furibunda defensa de la mujer en perjuicio de la vida y de su instinto maternal.

Es por eso que esta celebración en medio de la pobreza, la violencia, la zozobra, el descrédito de las instituciones y la pérdida de valores se nos presenta como esperanza, como alivio al aflorar sentimientos nobles, muchas veces reprimidos, hacia el ser que nos dio la vida, nos arrulló en sus brazos y, cuando hubo necesidad, se convirtió también en padre para sacar adelante, con inmenso coraje, a su familia. ¡Madre, benditas sean!

La fiebre comercial empaña estos sentimientos al poner todo el interés en las prisas y carreras para compras de última hora. No será la entrega de un obsequio el mejor regalo para la madre quien recrea con felicidad aquellos años de infancia, los consejos en los momentos difíciles y complicados de la adolescencia, la nostalgia y triste mirada con la partida de cada uno de ellos para formar sus hogares. Y los nietos proyectan, como en película, los años que ya no volverán.

Y es ahora cuando la mayoría de los hijos, con responsabilidades familiares, comprenden y valoran el sacrificio, la entrega, la esperanza, el amor y la alegría de quien antes de vernos nos amó, antes de tocarnos nos cuidó y con un beso, al nacer, selló la existencia de ambos.

Madres, reciban nuestro cariño y gratitud, nuestra admiración y amor por suavizar con vuestras manos las heridas de nuestras plantas, por ser sombra y abrigo como árbol bueno, por ser la primera visión de ojos inocentes y por constituir sobre la tierra la imagen más clara de Dios.




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