Con tapaboca y pala combaten la ceniza volcánica en Argentina
Argentina

Mervyn Evans, protegido con tapaboca, extraía este viernes a fuerza de pala el grisáceo polvillo del volcán chileno Chaitén que trajo el viento hasta el viejo molino turístico de su abuelo galés en Los Cipreses, un pequeño pueblo fronterizo de la provincia argentina de Chubut (sur).

"Esto del volcán es un desastre económico, vamos a perder el turismo que viene a la región en invierno", dice a la AFP Evans, de 49 años, bajándose el tapaboca, mientras retira con una pala la ceniza acumulada alrededor del molino, a poco más de veinte días del inicio de la temporada turística en junio.

La lluvia de cenizas volcánicas que cubrió este paraje de unos 500 habitantes, a unos 70 km en línea recta desde el Chaitén y a 2.000 Km al sudoeste de Buenos Aires, obligó a sus habitantes a comprar agua potable para el consumo.

Los habitantes del pequeño poblado deben también lidiar a diario con el polvo que se acumula sin tregua en los techos de las casas.

Evans lamenta haber tenido que dejar de lado las reformas que hacía en su galpón a un avión réplica de una aeronave de reconocimiento de la Segunda Guerra Mundial, que el mismo armó para que puedan volar los 6.000 turistas que visitan su pequeño emprendimiento en los meses del invierno austral.

Por estos días, Evans colocó una botella vacía colgada por un hilo al techo de su casa para detectar posibles movimientos sísmicos y se dedica con esmero a analizar de forma casera la calidad del agua, un recurso que por estos días mantiene desvelados a los habitantes del lugar.

"Pagué 150 pesos (46 dólares) a los bomberos para que me llenaran el tanque de agua porque las autoridades no enviaron nada por aquí", cuenta Jorge Jordán, mientras muestra el color oscuro del agua colmada de cenizas en las piletas de su criadero de truchas, en medio de la dura y grisácea estepa patagónica.

Jordán (52) y su esposa Mary (42) se dedican desde hace ocho años a criar truchas y elaborar productos ahumados que venden a turistas, pero desde inicios de la semana a algunos peces les aparecieron llagas en las escamas y ellos lo atribuyen al supuesto poder corrosivo de las cenizas.

"Estamos en las manos de Dios, no tenemos ingresos y seguimos pagando nuestras cuentas", se lamenta Jordán, radicado desde hace una década en Los Cipreses, donde abundan los productores agropecuarios.

Para Vicente Evans, el padre de Mervyn y dueño de unas 500 hectáreas en la región, a la preocupación por la calidad del agua se suma el desconocimiento del efecto que pueden tener los pastos cubiertos de cenizas en la alimentación de las 600 cabezas de ganado vacuno y ovino que posee.

"Nos dicen que el pasto no es malo", dice a la AFP Vicente, al borde de los 80 años, pañuelo al cuello mientras saborea un mate (infusión criolla) y no quiere ni siquiera hablar de la posibilidad de trasladar a sus animales a otra región en caso de producirse nuevas erupciones del macizo gigante.

"Yo escuche a los animales tosiendo y los primeros días después de la erupción del volcán no comían ni tomaban agua de los ríos", señala Susana Ledesma, enojada con las autoridades por la falta de información sobre los efectos de las amenazadoras cenizas.

El fenómeno cargó de incertezas a Susana y su marido Juan Carlos, quienes una semana atrás vieron su campo cubierto de un manto gris, pocos días antes de la siembra de bulbos de tulipanes, actividad que sostiene desde hace una década a la familia, que integran dos hijos adolescentes.

"Estamos plantando incertidumbre, no sabemos si vamos a poder vender los bulbos", dice Susana mientras su marido, munido de tapaboca, remueve la tierra a bordo de un tractor que va dejando a su paso el color marrón de la tierra en medio del paisaje lunar grisáceo provocado por la lluvia de cenizas.

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