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La peste
Las posiciones de poder, llámense públicas o de gremios, están en la base misma de la sociedad hondureña. No sé, en verdad, si esto es esencial al ser mismo de la identidad hondureña, pero sí tiene mucho que ver la manera de relacionarse los individuos entre sí. No es mi menester hacer de sociólogo en un breve espacio como éste, pues es un asunto, en verdad, complejo, no obstante me aventuro a dar mi opinión. El aparato del estado, que debe ofrecer unos servicios ágiles, eficaces, en teoría, funciona por contacto, es decir, por influencia y poder. En un estado democrático esto es una peste maligna. Todavía estamos en ciernes en este asunto. En democracia se funciona de otra manera, es otro el concepto o idea el que se maneja. En la actualidad hondureña la democracia se usa para el interés personal, la búsqueda de beneficios, el dinero, aún sea a costa de la vergüenza y el propio honor. En nuestros países, que pasaron por el militarismo, quedan muchos lastres. Democracia no es sólo derecho al voto, es un tejido de derechos y deberes de los individuos, sin privilegios para unos ni para otros. No hemos superado la malicia criollista de "aprovéchate gaviota" en el ejercicio de funciones públicas o privadas. Reina mucho la suspicacia y la picardía en el quehacer de nuestra profesión u oficio, sea cual sea. No es extraño enterarse de que un militar o político se compadrea con un narcotraficante; que un juez se parcializa y ablanda el código penal por una mordida. Es preciso que nos planteemos el fundamento ético o marco conductual de nuestro proceder como individuos, cuyos movimientos, como hilo de telaraña, mueven todo el tejido de la estructura social en que funciona. Al menos haya un semáforo -no el padre "freudiano" que nos prohíbe y nos amedrenta- que nos indique los límites. Los cristianos tenemos un código moral, pero los que no se rigen por éste u otro código, deberían tener el de la recta razón. Es difícil, pero si deseamos cambiar el panorama actual de Honduras, cada uno -por algo se empieza- debería asumir, en libertad y en razón, un rol más sano y responsable frente a la vida, la naturaleza, la sociedad y frente a los estamentos del estado. Ante la impotencia no digamos que las uvas, como la zorra en la fábula de Esopo, por estar altas, están verdes. |