Mientras el presidente George W. Bush y el general David Petraeus se esfuerzan por esgrimir un argumento convincente de que hace falta más tiempo para la victoria en Irak, la meta de ese éxito se asemeja en muy poco a las grandes esperanzas que tenían en mente los arquitectos de la invasión del 2003.
La decisión de Bush, de vengarse de Saddam Hussein y de reaccionar tras los atentados del 11 de Septiembre —cuyo sexto aniversario se cumple hoy martes— llevó a muchos errores. Los críticos señalan que esas fallas continúan hoy.
Bush no sólo quería eliminar en Irak las armas de destrucción masiva o derrocar a un dictador, sino instaurar una refulgente democracia prooccidental en el corazón del mundo árabe.
Ahora, la "victoria" sería salir sin que se derrame mucha más sangre y sin que se causen más daños perdurables, sea a Irak o a Estados Unidos.
"Nuestra experiencia en Irak ha mostrado repetidas veces que el hacer proyecciones hacia un futuro lejano no sólo resulta difícil, sino que puede ser engañoso e incluso peligroso", dijo Petraeus, el comandante estadounidense en Irak, en una audiencia realizada el lunes ante la Cámara de Representantes.
Petraeus testificó que el incremento del número de efectivos dispuesto por Bush ha llevado a éxitos cuantificables y permitiría reducir las fuerzas para mediados del año próximo. Pero sus declaraciones representaron también un comentario revelador sobre la historia del conflicto.
Casi nada de lo que el gobierno de Bush dijo sobre Irak ha ocurrido. No había armas de destrucción masiva.
Los iraquíes no dieron la bienvenida a los soldados estadounidenses como "libertadores", sino como una fuerza extranjera de ocupación.
La misión no se cumplió cuando Bush proclamó que habían concluido los combates de mayor envergadura, desde la cubierta de un portaaviones, el 1 de mayo del 2003. Más de 3.700 miembros de las fuerzas militares estadounidenses han perecido desde marzo del 2003, cuando comenzó la guerra. Sólo la Guerra de Independencia y la Guerra de Vietnam han durado más tiempo.
Los ingresos petroleros no permiten todavía que el Irak posterior a Saddam se sostenga en lo financiero. Miles de millones de dólares de los contribuyentes estadounidenses se erogan para subsidiar al endeble gobierno y a la frágil economía de Irak.
Ni una nueva constitución ni las elecciones nacionales llevaron a una autoridad estable que pudiera "gobernar, sostenerse y defenderse", como Bush había dicho.
Las probabilidades de que Irak evolucione hacia una democracia prooccidental parecen escasas. Los ánimos antiestadounidenses parecen cada vez más arraigados en buena parte de Irak, entre la mayoría de las facciones étnicas.
La decisión tomada por Bush en enero, para enviar a 30.000 soldados más, elevando el total a 160.000, no ha derivado en el cambio decisivo en la situación previsto para este mes.
La victoria en Irak, largamente buscada por el gobierno, se ha convertido ahora en equivalente de "evitar un baño de sangre, tener un nivel mínimo de estabilidad y de capacidad de predicción en la región", dijo Dan Benjamin, quien fue especialista del gobierno de Bill Clinton en el Medio Oriente.