Con motivo de su aniversario número 60, la Organización de Estados Americanos, OEA, ha previsto una serie de festejos para celebrar el acontecimiento.
¿Qué festejamos? ¿Qué se puede festejar? Muy poco.
Quizás sí y con justicia hay que destacar y aplaudir el funcionamiento, muy especialmente en la última década, de la Comisión de Derechos Humanos y también de la Relatoría para la Libertad de Expresión, particularmente en los primeros siete años de su existencia.
Fueron tiempos en que, por suerte, a nivel político la organización funcionó poco. Para EUA fue hace mucho, ya que la OEA dejó de ser un instrumento realmente útil a sus intereses, prioridades y urgencias. Simultáneamente, la inexistencia de algún bloque de peso con propósitos y fines específicos, como aparentemente surge ahora con el autoproclamado "eje progresista" compuesto por los nuevos gobiernos neopopulistas, y la aparición o fortalecimiento de organizaciones competitivas, presidentes y jefes de estado iberoamericanos, grupo de Río y Mercosur, contribuyeron al aquietamiento de la organización. A la vez implicó la ausencia de interferencias políticas, lo cual ayudó positivamente al funcionamiento de aquellos cuerpos vinculados a los derechos humanos.
Desde su creación en 1948 la OEA, en gran medida, fue un instrumento de la Secretaría de Estado y estuvo al servicio de la política exterior del hermano mayor y en más de una oportunidad se prestó a avalar y legitimar acciones y actuaciones de EUA muy difíciles de defender.
Luego ingresó en una especie de limbo, con determinadas actuaciones, pero siempre menores, y no tuvo, por ejemplo, ninguna incidencia real en la caída de las dictaduras militares y el retorno a la democracia.
En el 2001 aprobó la Carta Democrática Americana, lo que se resalta como uno de sus mayores logros. Fue el 11 de septiembre en Lima, Perú, el mismo día del atentado contra las Torres Gemelas, lo cual hizo que pocos percibieran y valoraran la aparición de la Carta Democrática. Los hechos posteriores, en tanto, no han contribuido a mejorar su cotización real, aunque en estos días su secretario general, el chileno José Miguel Insulza, la destaque como un hito importante y emergente de la nueva realidad "democrática" de América Latina.
Desde la vigencia de la Carta ha habido hechos no muy democráticos: en Argentina, tras una asonada, cayó el presidente legítimo, y en dos meses lo sucedieron tres mandatarios, terminando en el poder el que había perdido las elecciones. En Paraguay eligieron vicepresidente, mientras siguió de presidente quien no fue electo. En Bolivia otra asonada hizo caer a un jefe de Estado. En Venezuela, los militares dieron un golpe y un contragolpe; sacaron y volvieron a poner a la misma persona. En Ecuador desalojaron el Parlamento y la policía impidió el ingreso a los legisladores de la oposición que, además, constituían mayoría. La libertad de prensa se viola insistentemente y en muchos países la separación de poderes es una reliquia del pasado y la justicia, por una razón u otra, responde o está sometida al poder central.
Insulza destaca que no hay uno solo miembro que no sea "la expresión soberana de la voluntad de las mayorías". Quizás se le va la mano. Lo de Insulza extraña, sobre todo a los que tenían fundadas ilusiones en la impronta personal del ex ministro chileno. Quienes no eran tan optimistas con su gestión enmarcan su conducta en lo que entienden es una "nueva época" de la OEA.
Es el paso, estiman, de la OEA de ayer, instrumento de uno, a la OEA de hoy, instrumento de otros. Mientras tanto, si quieren, que festejen y apaguen las velitas. Al pedir los tres deseos, uno podría ser por una OEA que no sea instrumento de nadie.