Esa debería ser la letanía de las madres. "Quiero devoción y agradecimiento no sólo por la maravillosa experiencia de traerte al mundo, por los desvelos y angustias cuando estuviste enfermo, en aquellas noches interminables, cuando fuiste operado y oré al lado de tu cama, cuando te caíste y fuiste enyesado en alguna parte de tu cuerpo, y las ayudas que te di en las tareas escolares. Yo también te agradezco por toda la felicidad que me diste, llenaste mi vida de gozo, en diferentes etapas de tu existencia. ¡Fuiste una bendición!".
Desgraciadamente todo esto se estropea por la voracidad de los comercios y almacenes que ofrecen cielo y tierra a precios "rebajadísimos". Y un pueblo ingenuo y consumista responde imitando otras culturas. Batería de cocina, estufas, refrigeradoras y otros electrodomésticos son equipos de casa que pueden comprarse al crédito en mensualidades, o al contado en cualquier época del año.
\Al precio "neto" del artículo que está pagando hay un costo agregado y se suma también la costosa propaganda, que va por cuenta del comprador. Ojalá tuviéramos "injerto alemán", que es el pueblo más austero del mundo, pero nosotros somos muy inmaduros y nos dejamos sugestionar con cualquier "papel pintado". Con la vejez la pobreza se agudiza el sentido de pertenencia, que siempre está presente en el humano. ¿Por qué no abrirle a aquella mujer que lo dio todo una libreta de ahorro y hacerle depósitos todos los meses, aunque sean modestos? Seguro gastará el dinero en los nietos, pero lo hará con gran satisfacción porque es suyo.
Hay hijos que desaparecen de la escena por períodos largos y se olvidan que a una madre se le llena el corazón con una simple llamada. "Buenos días mamá! ¿Qué tal se siente? ¡Usted sabe cómo la quiero!", son frases simples que suenan musicales.
Pero hay hijos e hijas que hacen su mundo con sus amigos, sus negocios y le regatean una llamada, un saludo o una visita; a esos olvidos jamás se acostumbra un padre o una madre. Decía mi suegra: "Llórate pobre, pero no te llores sola". Parece que ése es el destino de un padre y una madre, y si son ancianos, viven la "recta final", se van disipando hasta que desaparecen y viene la fatal llamada: "Papá murió", "mamá murió". Allí quedan los regalos empaquetados. ¿Y entonces para qué sirven las lágrimas? ¿Cómo pueden llenar ese vacío tan grande, todo lleno de recuerdos y tiempos idos que no volverán?
No es que yo dude de que ese hijo o esa hija no sientan amor hacia sus padres, simplemente hicieron un patrón de abandono. ¿Para qué sirve un amor? ¡El amor es vida, es expresión, es ruidoso! Es tan fácil llenar el corazón de una madre, de un padre! Deberíamos aprender de la cultura china, en la cual consideran un pecado abandonar al anciano de blancas barbas, ellos son la autoridad y no la pierden. Es un ejemplo muy lindo.
Lean a Lin Yutang, entre sus bellas obras aprenderán muchas lecciones espirituales: "Envejecer con gracia", "La importancia de vivir", "Una hoja en la tormenta" y otras.
En el pasado la disciplina de los padres era vertical. Yo tuve la suerte de crecer en un hogar muy alegre, mi padre tenía una jovialidad contagiosa y todos desarrollamos buen sentido del humor. Mi madre era la disciplinaria, nos crió con reglas, parecía europea, pero no era dictatorial, su amor y su fuerza nos sirvieron para ser personas seguras. Si le hacíamos una pregunta tonta pretendía que no la escuchó, más tarde nos preguntaba, pero ya nosotros habíamos "reciclado" la interrogante y así aprendimos a ser lógicos.
La relación ahora es más democrática, eso es bueno, somos amigos con los hijos y no hay brecha generacional con los nietos. Muchos conocen esta carta, pero no está demás repetirla y la dedico con mucho cariño: "Felices aquellos que entendieron la torpeza de mi caminar y la poca firmeza de mi pulso. Benditos sean aquellos que comprendieron que mis oídos se esforzaban para oír las cosas que me decían. Benditos sean aquellos que comprendieron que mis ojos estaban empañados y mi sentido del humor era limitado.
Benditos sean aquellos que comprendieron las fallas de mi memoria y nunca me humillaron. ‘Ya has repetido la misma historia varias veces’. Benditos sean aquellos que supieron ayudarme a traerme recuerdos gratos de un pasado feliz. Benditos sean aquellos que disimulaban cuando derramaba el café en la mesa. Benditos sean aquellos que con una amable sonrisa se detuvieron a conversar conmigo un rato. Benditos sean que me hicieron saber que era querido, respetado y que no estaba solo.
Benditos sean aquellos que comprendieron lo difícil que fue para mí encontrar fuerza para llevar mi cruz. Benditos sean aquellos que con amor me permitieron esperar tranquilo el día de mi partida".