México
En un reportaje de elfaro.net se relata el testimonio de tres centroamericanas que se prostituyen en un antro ubicado en la frontera entre México y Guatemala, a través del reportaje: Las invisibles esclavas centroamericanas
El periodista Óscar Martínez y el fotógrafo Edu Ponces se adentraron en este mundo de prostitución y bailes eróticos que abundan en Tapachula, Tecún Umán, Cacahuatán, Huixtla, Tuxtla Chico, Ciudad Hidalgo.
El lugar se identificó como Calipso, en él se encontró a chicas hondureñas, salvadoreñas, guatemaltecas y nicaragüenses. A pesar de estar ubicado en México, la “mercancía” que predomina es Centroamericana.
Los dueños de estos antros manejan con hermetismo sus sitios. Al final de cuentas, emplean centroamericanas indocumentadas, y la mayoría de lugares tienen un ala con pequeños cuartuchos donde esas mujeres, tras bailar en la barra, tras fichar con un cliente, terminan encerrándose con él, no sin que éste antes pague en la barra por el servicio, revela el reportaje.
Uno de los testimonios es el de Érika, una hondureña originaria de Tegucigalpa, de 30 años, quien ahora se dedica a trabajar en el Calipso, como bailarina y prostituta, dejando en su tierra a los 14 años unos gemelos que parió cuando tenía 13.
A continuación el relato:
-¿Pero cómo una niña de 13 años queda embarazada y decide migrar?
Érika voltea a ver hacia atrás, hacia la mesa de donde siguen saliendo las risotadas. En el Calipso hay otras dos mesas llenas. En una de ellas, los hombres ya bailan con dos ficheras, y las alitas de pollo y trocitos de carne son despachados con más prisa desde la barra.
-Salgamos de aquí, no me gusta que me vean llorar mis compañeras.
En este mundo de piedra, la vulnerabilidad y las lágrimas, son un defecto.
Afuera es una calle de tierra que termina en otro antro. Un callejón sin salida. Adelante, un burdel más y una casa de huéspedes. Un eufemismo para llamar al complejo de cuartos donde las prostitutas llevan a sus clientes.
-Es que nunca conocí a mi familia. O sea que yo soy de Honduras, pero soy de esa gente que no tiene papeles, pues. Nunca tuve un acta de nacimiento. O sea, como si uno fuera un animal.
A ella le contaron que su mamá trabajaba en el mismo ambiente. “Trabajaba en la putería, como yo”. Dice que cuando era un bebé, su mamá la regaló a una señora que se llama María Dolores. Y de esa señora, Érika se acuerda muy bien. “Esa vieja puta tenía siete hijos y nosotros, mi hermanito gemelo y yo, no éramos como sus hijos, sino como sus esclavos”. Hermanito le dice siempre, aunque él sería un hombre de 30 años ahora, si no hubiera muerto como perro cuando tenía seis.
¿Cómo era su vida? De esclava, como dijo ella: con cinco años, el trabajo de Érika era ir por ahí, en su comunidad marginal de Tegucigalpa, vendiendo leña y pescado. Si la niña de seis años regresaba con una leña o un pescado, si Érika no lograba venderlo todo, le esperaba María Dolores, con un cable eléctrico y la azotaba hasta abrirle surcos en la espalda. Luego, cubría esas heridas con sal, y obligaba a su hermano a que las lamiera. Un día de esos, un día de lamer espalda, su hermano murió, ahí, en el suelo, donde ambos dormían. De parásitos dijeron que murió. De parásitos, dice Érika, que salieron de los surcos de su espalda.
Llora y rechina los dientes con rabia. Al lado se estaciona una camioneta. Tres clientes más entran al Calipso. “El día que mi hermano se murió, yo también enfermé; y me llevaron al hospital y nunca más me llegaron a traer. Después de eso empecé a vivir como un borrachito de la calle, entre basureros”.
Dos años anduvo así. Vendiendo esto, cargando aquello, pidiendo por ahí, durmiendo en cualquier esquina. Tres años después se topó con María Dolores, la señora de los latigazos, que la convenció de volver a su casa. “Yo estaba chiquita, no entendía muy bien, así que me fui con ella”. Los golpes disminuyeron, pero la vida empeoró. Omar, uno de los hijos de la señora, tenía ya 15 años. Érika ocho, cuando empezó a ser violada constantemente por el muchacho. “Por eso yo me pregunto: ¿cómo voy yo a entender de sexo normal si me acostumbré a que él me amarraba de pies y manos y entonces me hacía el sexo?”.
Sentada en un bordillo de la calle de tierra, sollozando afuera del Calipso, Erika empieza a dibujar el perfil de las migrantes centroamericanas que dan vida a la dura noche fronteriza. Muchas de ellas sin estudios, provenientes de una vida de desintegración familiar, maltrato y agresión sexual, llegan niñas a los burdeles fronterizos. Incapaces de distinguir entre lo que es y lo que debería de ser. Carne de cañón.
“Si no partís de la realidad social de nuestros países, no vas a entender”, me había explicado el guatemalteco Luis Flores, encargado en Tapachula de la OIM, que desarrolla proyectos en la zona atendiendo a centroamericanas víctimas de trata. Convertidas en mercancía. “Vienen violadas, acosadas, de familias disfuncionales, donde muchas veces su padre o su tío las han violado. Muchas nos han dicho que ya sabían que en este viaje las iban a violar, que es una cuota que hay que pagar. Se calcula que ocho de cada diez migrantes mujeres de Centroamérica sufren algún tipo de abuso sexual en México, según el gobierno guatemalteco (seis de cada diez según un estudio de la Cámara de Diputados mexicana). Viajan con eso, sabiendo que las abusarán una, dos, tres veces... El abuso sexual perdió sus dimensiones. Desde ahí entendé el fenómeno de la trata. Saben que son víctimas, pero no se asumen como tal. Su lógica es: sí, sé que esto me pasa, pero ya sabía que me pasaría”.
Hay, como dice Flores, una expresión acuñada en este camino de los indocumentados: cuerpomátic. Haciendo referencia a la carne como una tarjeta de crédito con las que se puede conseguir seguridad en el viaje, un poco de dinero, que no maten a tus compañeros, un viaje más cómodo en el tren...
Érika, la niña que fue violada desde los ocho hasta los 13, parió a sus dos gemelos cuando le faltaban seis meses para cumplir los 14. No recuerda cuántas veces la violaron. Y aquel relato de pandemónium sigue, como si su única continuidad posible fuera empeorar: “Yo no sabía qué era el embarazo, solo sentía que engordaba. La señora me acusó de puta. Le dije que era de su hijo. Y me dijo que yo era como mi madre, una prostituta, y que yo también iba a dejar a mis hijos como perros. Entonces me volvió a tirar a la calle. Me sacó desnuda, como por cinco cuadras, del brazo, hasta el parque. Ahí me dejó, y desde ahí tuve que volver a empezar”.
Y volver a empezar fue volver a la limosna, a la basura, a las esquinas. Ahí parió, en esas calles, y entonces decidió probar suerte. Dejó a sus hijos con una vecina de la que durante años fue su verdugo y emprendió el viaje hacia Estados Unidos con otros cinco niños. Ahí es cuando, tras escuchar que este es un camino de muerte y vejaciones, tras ver a sus amigos mutilados, decidió quedarse. No sabe si fue un lunes o un miércoles, pero al primer lugar al que llegó fue al hotel Quijote.
“La mayoría empiezan como meseras comunes. Luego se hacen ficheras y terminan prostituyéndose, generalmente llegan hasta ahí con engaños”, explica Flores una lógica que ya se podía leer en el libro del investigador Rodolfo Casillas, “La trata de mujeres, adolescentes, niños y niñas en México, un estudio exploratorio en Tapachula”. En este texto también se establece el escandaloso rango de edad desde el que se prostituye a las niñas: “De 10 a 35 años, difícilmente de más. Aunque el problema de la trata se recrudece entre las que son menores de edad, principalmente las que tienen entre 11 y 16 años”.
Desde el restaurante del hotel, en Huixtla, Érika escuchaba propuestas: “Llega un cabrón y me dice: vámonos, yo te consigo lugar en un bar, vas a ganar más. Entonces si te apendejás, sí es un problema. Un montón de hombres te dicen eso: yo te alojo, te consigo papeles, te consigo trabajo, pero vas gastando en comida, transporte, hospedaje”.
La bailarina hondureña se guarda sus detalles. Como la mayoría de testimonios de trata, se cuentan en tercera persona y nunca se sabe si un relato de otra es un trozo de la autobiografía de la que habla. Incluso entre ellas, la trata es un fantasma. Si le ocurrió, le ocurrió a otra.
Érika asegura que no se dejó engañar. “No me apendejé”. Que fue ella, por su propia voluntad, la que dejó el Quijote y se fue a un antro. Que aquella niña con un parto fresco se plantó frente a la dueña del local y le impuso sus reglas: “Yo vengo a trabajar de bailarina, pero no me vas a tener encerrada como a las demás mujeres. Yo no soy pendeja. Aquí trabajo cada noche, termina, y me pagan de una vez. Es que como me crié en la calle, sé defenderme”.
Entonces hay que preguntar por las otras. ¿Cómo tenían a esas otras mujeres? “Estaban encerradas, no las dejaban salir. Solo un tiempo de comida les daban. El hombre que las llevó ahí les dijo: 'buena onda, vas a trabajar, pero tenés que pagar'. Es que la persona que te lleva pide un dinero por una al dueño del bar, y eso te lo va a sacar el del bar a ti. Te llevan a venderte, pues. A mí nunca me hicieron eso. A las demás sí, porque son pendejas”.
Esta razón se repite como justificación de los testimonios: la culpa es de las que se dejan. Pero las que se dejan, como explica Flores, son muchachas inocentes, sin educación, que no saben de denunciar nada, que son fáciles de amenazar. ¡Si te escapás, llamo a migración y te meten presa! “Es un problema de docilidad”, explica el guatemalteco. De 250 migrantes violadas que la OIM detectó en un proyecto de atención, solo 50 se dejaron asistir. No denunciar, sino ser asistidas médica y sicológicamente. El resto asumieron que era inútil, que les volvería a pasar, que faltaba mucho camino.
Aunque hay actos de solidaridad entre migrantes centroamericanos, el mundo de la migración es un mundo de sálvese quien pueda. El camino es duro, y los momentos para la ternura son escasos. Muchas de las reclutadoras de carne nueva para los prostíbulos son las mismas centroamericanas que contra su voluntad llegaron a trabajar en ellos y que años después reciben algún dinero por ir a convencer a otras muchachas en sus pueblos, a prometerles lo que a ellas les prometieron: serás mesera y ganarás bien.
Flores tiene un nombre para esto: efecto espiral. “Yo, hondureña, salvadoreña, guatemalteca, llegué aquí a los 15, tuve que pasar por eso, y ahora tengo mi empresa que es de hacerle eso mismo a otras”.
Érika recuerda con asco sus primeros días de prostitución. Aquellos cuando dentro del antro cerraba el trato con el cliente con el que fichaba y se iba con él al motel de enfrente, durante media hora. Con la habitación inundada por el olor a cerveza y sudor, se dejaba hacer. Y ellos a veces creían que eran sus dueños por esa media hora, que ella era como una casa y ellos la habían alquilado durante ese tiempo, y la podían habitar como les placiera. Y aquello, muchas veces, terminaba en lo que ella de niña tan bien llegó a conocer: golpes, insultos.
Se observa los ojos reflejados en el pequeño espejo circular que sacó de su cartera. Aspira con fuerza el cigarrillo mientras ve a la nada. Como cambiando de registro y volviendo de un pasado de ignorancia a un presente de costumbre. Lleva 16 años en esto. Desaparece la vulnerabilidad. Vuelve la misma mujer burlona y se despide chocando la mano y después el puño cerrado. Entra al Calipso contoneando su cuerpo blanco y curvilíneo.
Casillas y Flores explican que las hondureñas y salvadoreñas son muy bien cotizadas en estos negocios, porque a diferencia de las mexicanas de esta zona indígena del Soconusco chiapaneco o de las pequeñas mujeres morenas que vienen de la autóctona Guatemala, las primeras tienen cuerpos menos compactos y tez menos oscura.
A las 3:00 de la tarde, el Calipso está más lleno. Otro grupo de hombres regordetes ha llegado al centro botanero a ocupar otra mesa. La música pop de la rocola contrasta con el ambiente de bigotes espesos y barrigas prominentes. Keny entrega lo que lleva en una bandeja a una de las mesas, y la administradora del Calipso la intercepta. Habla con ella un momento, y la salvadoreña de pequeños ojos negros y redondos camina hacia mi mesa.
Esto no ocurre en todos los lugares. El Calipso, dentro de lo que cabe, es un buen sitio para trabajar. Aquí los padrotes no deciden sobre ninguna de las chicas. Si quieren hablar, hablan. Si quieren ocuparse, se ocupan. Nadie las obliga. En otros sitios, incluidos los lugares públicos, sobre cada centroamericana que se ofrece hay dos ojos puestos.
En una ocasión, recuerda Flores, mientras intentaba entrevistarse con estas mujeres, se acercó a una que hacía esquina en la plaza central de Tapachula. Le explicó que estaba recopilando entrevistas para su organización, que si podían hablar. La respuesta de la chica fue la de una persona bajo vigilancia: “No puedo, me pega mi patrón”, se excusó emulando con sus gestos la negociación con un cliente. Sonrisa, no, no, gracias, adiós.
Keny pide agua. Las cervezas las tomará más tarde. Hoy es viernes, y el rendimiento de la noche es casi tan importante como el del sábado para sacar buenos pesos. La diferencia es que el viernes llegan los oficinistas, que descansan los dos días del fin de semana; el sábado en la noche, en cambio, muchos obreros acuden a cerrar su semana de trabajo abrazados a una centroamericana.