El fenómeno de la violencia en Honduras es caótico. En lo que va del año, casi dos mil personas han sido asesinadas en el Valle de Sula con saña, alevosía y ventaja, sin el más mínimo respeto a la vida. Los cuerpos de investigación, jueces y fiscales alegan que no tienen logística y hay escasez de personal y que los parientes de las víctimas no colaboran en la investigación.
La explicación es lógica: están también amenazados por los sicarios y las pandillas.
Decenas de miembros de los cuerpos de seguridad han sido denunciados por estar implicados en muchos delitos, principalmente porque se coluden con los criminales. Aunque les dan baja deshonrosa, eso nos basta porque quienes podrían defenderlos alegando que son inocentes o, al contrario, culpables, nunca aparecen y las autoridades judiciales tienen que liberarlos por falta de pruebas.
Hace poco, la ex jefa de Asuntos Internos de la Policía, María Luisa Borjas, fue mucho más allá: incriminó a jueces, fiscales, comandantes militares y hasta magistrados de la Corte Suprema de Justicia de estar salpicados por el narcotráfico.
Aunque no dio nombres, todos se quedaron callados.
En el caso de los cuerpos de seguridad de San Pedro Sula podría haber otra razón, la cual, sin embargo, no justifica tanta indiferencia: aquí hay más de 800 mil habitantes que son protegidos por sólo 35 agentes, o sea que cada policía debe cuidar la vida y bienes de ¡23 mil personas!
Además, la Dgic no posee laboratorios de investigación científica, equipos de balística, analistas de huellas digitales, instrumentos para investigar la escena del crimen y mucho menos reactivos y computadoras para identificar el ADN de criminales o sospechosos.
Los fiscales aducen que la principal causa de esta matanza es la impunidad, lo que estimula a las familiares de las víctimas a la venganza, pues nadie investiga nada.
Hay un candidato presidencial que dice que cuando llegue al poder terminará la fiesta de los delincuentes. Pero no dice cómo, con qué instrumentos, estrategias y, principalmente, con qué presupuesto.
Es cierto que los maleantes llegan a acostumbrarse a esa vida fácil, no obstante, la raíz del problema ha sido siempre el desempleo, la injusta distribución de la riqueza, los malos ejemplos familiares, el hábito en el consumo de drogas, la falta de formación personal, etc.
Así que no se trata de cortarle la cabeza a quien tiene jaqueca. Es analizar profunda y científicamente el fenómeno para no cometer injusticias.