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El buen sabor de boca

Hoy, último reportaje sobre los secretos de Tegucigalpa. Razón para dejarlos con un buen sabor de boca
14.03.09 - Actualizado: 14.03.09 04:20pm - Arturo Sosa: redaccion@laprensa.hn

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Tegucigalpa,

Honduras

Durante las últimas semanas he compartido con ustedes queridos amigos, los tesoros que guarda la capital.

Como sampedrano expatriado, aprendí con el paso del tiempo, que la ciudad se puede ver con otros ojos, sí se desea.

A diferencia de la geografía costeña, los escenarios capitalinos se caracterizan por contar con innumerables cerros y montañas, la mayoría no muy altos.

Bosques mixtos de robles, encinos y pinos, se mezclan con bosques secos espinosos en las partes bajas e innumerables quebradas que en verano, se secan. Un ambiente no muy amigable, si se le compara con las fértiles tierras bajas del litoral atlántico, en donde cualquier fruta está siempre a la mano.

Con un panorama así, era natural que los primeros pobladores aprendieran a crear comidas fáciles de transportar y muy lentas para descomponerse.

El maíz, elemento primario de nuestra gastronomía, pronto se transformó en rosquillas y totopostes para más adelante enriquecer el menú local con el pan de yema, bolillos, semitas, pan de queso, quesadillas y más.

El pan dulce es una tradición del centro del país.

El cafecito en la tarde era una forma de contrarrestar el frío que solía imperar en la zona; el pan de yema y las semitas en la mañana, eran tan típicos como lo eran los plátanos fritos o las baleadas en las zonas bananeras. Y nada ha cambiado.

O mejor dicho, sí. Con la globalización, las comidas rápidas y los centros comerciales se han llenado de nombres en inglés y francés, para describir nuevas delicias culinarias.

Nuevos gustos para nuevas generaciones.

Y eso no es malo. No nos podemos desligar de la gran aldea global en que se ha convertido el mundo.

Pero malo es olvidarse de nuestros propios sabores; nuestros colores. Y en la capital, atrapadas en viejas casas de adobe, permanecen en pie y con buen suceso, refugios de la cocina local que son una verdadera tentación.

Es imposible pensar en una Tegucigalpa, sin los panes con frijoles y mantequilla del barrio La Bolsa. Creados hace más de 60 años por doña Juana Fonseca y su madre, doña Mercedes, los panes han sido un orgullo para generaciones de capitalinos y extranjeros. Cada embajador estadounidense que acredita sus cartas en Casa Presidencial, tiene que ir a probarlos, como dicta el protocolo y las buenas relaciones diplomáticas.

Lo mismo pasa con el pan dulce del mercadito Chinda Díaz. Doña Gumercinda Mendoza viuda de Díaz murió en 1993 a los 101 años.

Toda una vida dedicada a construir la esquina más famosa de Tegucigalpa (sólo existe otra esquina que le pueda hacer competencia: la de Tito Aguacate).

Y si de "burras" se trata, un lugar sobresale con todos los créditos en el centro de Tegucigalpa: Doña Tina.

A los 81 años de edad, doña Clementina Valladares Salgado es la "mamá" de las "burras" (si usted es capaz de comerse la burra de 46 lempiras, le rindo el sombrero). Así que amigos, con esto cierro Tegucigalpa. Por supuesto, nos faltan sus museos, iglesias y edificaciones monumentales. Pero hoy, les dejo "ricos" recuerdos.

Panecillos Juanita abre también a las siete de la mañana y cierra al mediodía.

Siete lempiras vale cada pan y está en el barrio La Bolsa, a media cuadra de café el Indio (¿Se imagina usted que marca de café se sirve en Juanita?)

Finalmente, el mercadito Chinda Díaz es imposible no verlo. Está justo atrás de la catedral metropolitana en pleno centro de la capital. Abre desde muy temprano y cierra como a las seis de la tarde. Hay dos mesitas altas para comer allí, si lo desea.

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