En el mundo hay millones de seres humanos que padecen hambre física, hecho que ofende terriblemente a Dios y es una bofetada al rostro de un sistema económico injusto y a un ambiente generalizado de corrupción fundamentado en el egoísmo humano, pero hay otra hambre más intensa, dramática y universal que es el hambre de Dios, de trascendencia, de eternidad.
No saciar esta hambre lleva a los seres humanos a cometer las más grandes atrocidades. No saciar el hambre de Dios provoca el hambre física de gran parte de la humanidad, ya que la raíz de las injusticias es el pecado del egoísmo humano. Un hombre lleno de Dios no puede ser injusto, ni inhumano con nadie. Un país donde la mayoría adore de verdad a Dios no puede ser invasor ni explotador de otras naciones.
El reguero de sangre que hay en la historia de la humanidad ha estado provocado, paradójicamente, en gran parte por los hambrientos de Dios, que al no encontrarlo, han buscado ciegamente en los dioses del mundo el más craso reemplazo, ilusorio y frustrante de lo divino, quedando al final más vacíos que antes y dejando millones de muertos por guerras, homicidios, explotación de recursos y exclusiones. El deseo indomable de poder, unido a la absurda idea de que poseyendo ciudades, tierras, otros imperios, se harían dioses, llevó a conquistadores de todas las épocas a sacrificar multitudes en aras de su egolatría. Carlo Magno, Aníbal, Nerón, Calígula, Atila, Napoleón, Hitler, Stalin y otros emperadores, dictadores y reyezuelos como Idi Amín y Duvalier, que han abundado, han sembrado de muerte su paso por la historia. Buscaban a Dios y lo confundieron con el poder, con tener grandes posesiones y su gran aspiración quedó al final convertida en polvo.
De haber caído de rodillas ante Dios, aquellos y otros hubieran sido héroes valerosos como Cristóbal Colón, Simón Bolívar, Gandhi, Martin Luther King, De Gaulle o santos como Pedro y Pablo, Juana de Arco, Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, Teresa de Calcuta o el Padre Pío. Tocar la trascendencia transforma la persona en un Miguel Ángel, en un Leonardo da Vinci, Beethoven, Mozart, Pablo Neruda, Gabriela Mistral o Pavarotti, porque el arte es manifestación de lo eterno bello, y sabiéndolo o no, los artistas, científicos o profesionales de cualquier rama, al igual que los buenos esposos, los disciplinados obreros, han sido invadidos por el Espíritu y por eso producen el bien. De hecho su inspiración ha ayudado a la marcha ascendente de la humanidad. Hay muchos "cristianos anónimos" en todas las culturas y religiones. Los grandes investigadores como Edison, Fleming, Ford y Einstein vivieron inspirados por el Espíritu y por eso produjeron obras positivas para la humanidad.
Estamos hechos para Él, tenemos ansias de eternidad, nacimos para lo eterno, lo puro, lo inocentemente bello y sublime, lo que trasciende la materia, y no estaremos tranquilos hasta saciarnos de eso. Mientras no logremos estar con Él, estaremos posando como maniquís en las vitrinas del mundo nuestro cuerpo, ropa, carros, títulos y cuentas de banco, intentando con la vanidad atraer la mirada de otros y sentirnos bien adorando nuestro ego. Éste es tan tonto, ignorante y ciego que cree que recibiendo alabanzas y reconocimientos estará en la "gloria". Pero nada de esto llena. No satisface tener cosas, no llena todo el poder que podamos adquirir. Todo lo que buscamos afanosamente confundiéndolo con Dios nos deja al final vacíos.
Y como nada llena el corazón del ser humano, sólo Dios, la gran tragedia nuestra consiste en andar buscando mil maneras de saciar nuestra hambre de divinidad, dando tumbos durante toda nuestra vida, buscando allí y allá lo que jamás podrá llenarnos. Por eso las idolatrías y los crímenes subsiguientes, las grandes torpezas que cometemos, dejan tantas víctimas inocentes en el camino. Lo ideal sería tomar conciencia de la Presencia de Dios, llegar a tener un contacto permanente con ese Ser que lo trasciende todo y que está en todo, llamarlo Padre gracias a la revelación de Cristo y amarlo con todo el corazón. Eso nos haría invencibles a las idolatrías.