Honduras
La frase “va a llover” le quita el aliento.
A sus 10 años de vida, Cristian Baquedano ya conoce de cerca la desgracia. El invierno ha estado muchas veces a punto de arrebatarle su hogar.
Unos nubarrones en el cielo hacen que el niño levante su mirada triste al cielo, como rogando a Dios que la lluvia que amenaza con caer busque otro lugar lejos de la colonia Soto, donde reside junto a su familia.
Cristian, al igual que decenas de menores que residen en los 128 barrios y colonias de la capital ubicados en zonas vulnerables, son las mayores víctimas de las emergencias.
Ver cómo sus padres deben salir presurosos, tomando de sus casas sólo lo que llevan puesto para tratar de preservar la vida, les ocasiona un “shock” emocional difícil de borrar.
Lucha con la naturaleza
Como Cristian, estos menores no sueñan con juguetes caros, sino con un techo seguro del que no tengan que salir corriendo cada vez que llueva.
“Siempre he tenido miedo cuando se acercan las lluvias en la capital porque viene la gente de la Alcaldía y nos lleva a un albergue donde estamos unos días, pero después tenemos que regresar a la casa porque mis papás no tienen dinero para comprar un terreno en otro lugar”, dijo el pequeño, compungido.
No tener techo seguro que los cobije ha empezado a quitarles el sueño a estos niños y a muchos la llegada del invierno amenaza con borrarles la sonrisa.
Emy Zepeda y sus cinco hermanitos residen en el barrio El Edén. Ellos ya saben lo que significa para los suyos cuando empieza a llover.
“Hace días nos vinieron a sacar sin decirnos por qué, sólo que había peligro y que no podíamos vivir aquí, pero mis papás reconstruyeron la paredes de nuestra casa y volvimos”, narró la menor.
El drama psicológico de estos niños debe preocupar a las autoridades.
Según María Artiles, catedrática de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, Unah, los primeros síntomas del estrés postraumático que sufren los más pequeños es un marcado apego a los padres, sobre todo a la mamá.
Muchos se quedan en silencio, como si no pudieran hablar, pierden el apetito y los deseos de jugar, no quieren ir a la escuela y les da mucho sueño.
