Estados Unidos
"H-26, tienes un visitante", gritó el guardia. Encerrado en una celda sin ventanas desde hacía tres meses, Ibrahim Cisse había perdido toda esperanza de que alguien diese con él. ¿Cómo podía tener un visitante si nadie en este país sabía su nombre?
Lleno de nervios, se presentó en la sala de visitas y, detrás de un vidrio divisorio, se encontró con una mujer bajita, de cabello castaño, corto, y cálidos ojos verdes. La miró con desconfianza y tomó el teléfono.
"Me llamo Janet", le dijo la mujer en francés. "Soy tu amiga". A Cisse le entusiasmó el escuchar alguien que hablase su propio idioma. Pero de todos modos siguió manejándose con cautela.
Había soportado demasiadas experiencias terribles desde que huyó de la violencia en las calles de Abidyán y se coló en un barco cargado de chocolate y cacao. Al llegar a Estados Unidos, le colocaron grilletes y lo trataron como si fuese un delincuente. Lo encerraron primero en una cárcel y luego lo transfirieron a este centro de detención, que no se diferencia mucho de una prisión.
Un juez del servicio de inmigración ordenó su deportación, pero como no tiene pasaporte ni papeles, Costa de Marfil se negó a recibirlo. Cisse era una persona sin país, sin esperanza, sin contacto con nadie fuera del centro de detención.
Janet Curley le preguntó qué necesitaba. El le dijo que deseaba aprender inglés para poder entender lo que estaba sucediendo. Quería recibir noticias de su familia en Africa. Y, por sobre todo, quería recuperar la libertad.
"Te enseñaré inglés", le dijo ella. Así comenzó una extraordinaria amistad, forjada en la sala de visitas de este centro de detención que alberga a unos 300 extranjeros, ninguno de los cuales ha sido acusado de delito alguno.
Cisse, quien tiene 27 años, estuvo detenido 16 meses antes de ser dejado en libertad bajo palabra. Hoy le dice a esta empleada de tribunales de 49 años "Mami". Ella lo considera parte de su familia.
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En un conmovedor relato en primera persona, Fauziya Kassindja, una adolescente de Togo que pidió asilo para evitar la mutilación genital que se practica en su país, describió los 14 meses que pasó en un centro de detención en Elizabeth. Su libro "Do They Hear You When You Cry"
(¿Te escuchan cuando lloras?) conmovió tanto a un grupo de feligreses de la Iglesia de Riverside en Manhattan que decidieron hacer algo: visitar a los detenidos y escuchar su llanto.
Sábados y martes, un pequeño grupo se monta en una camioneta de la iglesia y se dirige a Elizabeth, a unos 25 kilómetros (25 millas). Hay todo tipo de personas: trabajadores sociales, profesores, estudiantes, una enfermera, un ingeniero, la empleada de tribunales. Su misión es simple: levantarle el ánimo a los detenidos durante una hora y forjar una verdadera amistad.
En los diez años que llevan haciendo estas visitas le han cambiado la vida a mucha gente. "Tratemos de humanizar un poco un sitio tan inhumano", expresó Curley.
El centro de detención se encuentra en un edificio de ladrillo en una lúgubre zona industrial cerca del aeropuerto de Newark. Los detenidos son llevados allí por tiempo indefinido y algunos permanecen meses, si no años, mientras el gobierno decide qué hacer con ellos.
Algunos detenidos son personas que dicen ser perseguidas en sus países y solicitan asilo político apenas llegan a un aeropuerto estadounidense. Otros fueron arrestados en redadas o en la frontera, porque no tenían sus papeles en orden.
La cantidad de detenidos aumentó marcadamente en los últimos años, desde que las autoridades intensificaron su campaña en busca de indocumentados tras los atentados del 11 de septiembre del 2001. En la actualidad son deportadas unas 300.000 personas cada año, comparado con las 100.000 que eran expulsadas antes de los atentados. Hay unas 35.000 personas retenidas en una red de precarios centros de detención en todo el país.
Las autoridades migratorias dicen que las detenciones son un componente importante de su programa destinado a eliminar a todo extranjero indeseable o terrorista.
"Nuestra misión es detener y expulsar a la mayor cantidad posible de extranjeros ilegales, y lo hacemos de la forma más humana posible", afirmó la portavoz del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas Pat Reilly. "Claro que hay muchas historias dramáticas, pero los jueces emiten sus fallos apegándose a la ley".
Abundan las críticas al trato que se le da a los detenidos, que deben usar uniformes de prisiones y a quienes se los identifica con números, no por sus nombres. En Elizabeth no hay patios al aire libre y las celdas no tienen ventanas. Hombres y mujeres están separados y no se permite el contacto físico entre la gente casada. Los detenidos no tienen derecho a un abogado, aunque hay estudios que ofrecen sus servicios sin cobrar.
"Uno pierde su identidad", dice Pradeep Thapa, un escritor nepalés de 36 años que lleva preso 16 meses. "Siente como que no existe, como que la vida que tenía uno antes jamás existió".
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Mary Schoen, una enfermera de 50 años, comenzó a visitar a Jean-Bosco Ndayishimiye, de 46, y su esposa Murekatete poco después de que ambos fueron detenidos en septiembre del 2006. Les dio dinero para tarjetas telefónicas, les llevó fotos e información de su país, Ruanda, y colaboró con los abogados que tomaron su caso gratuitamente.
Cuando la pareja fue liberada, aunque portando brazaletes electrónicos en sus tobillos, en diciembre del 2007, ella los recibió en su casa. Antes de ser excarcelados, casi resultan deportados, pues se les negó el pedido de asilo. Un abogado presentó una apelación de último momento y logró que permaneciesen en el país.
Ambos habían sido detenidos a su llegada al aeropuerto Kennedy para una vacación de dos semanas. Un agente de inmigración les notificó que sus visas de turista habían sido revocadas y que tenían que regresar a Kigali. La noticia los conmocionó y temían lo que pudiese pasar si volvían.
Cuando cuestionaron la revocación de las visas, fueron esposados y enviados a Elizabeth, donde permanecieron 15 meses, luchando por no ser deportados.
La pareja dice que llevaba una buena vida en Ruanda. El era empleado de la embajada estadounidense y ella tenía un pequeño negocio de indumentarias. A sus hijos les iba bien en la escuela. Pero se vieron envueltos en una amarga disputa legal en torno a unas propiedades con unos parientes, uno de los cuales era un alto funcionario de la policía. Ndayishimiye dijo que temía por su vida si regresaban.
La pareja vivió siete meses con Schoen, durante los cuales la mujer los ayudó a salir adelante, los registró en clases de inglés y le consiguió un cuarto para alquilar. Ndayishimiye trabaja hoy en un depósito comercial y Murekatete asiste a personas enfermas en sus casas.
Schoen sufre pensando lo que puede pasar si la pareja es finalmente deportada. Conoce muchas historias de personas que desaparecieron de los centros de detención de la noche a la mañana. Como la mujer etíope de 26 años que fue deportada luego de estar presa dos años tratando de evitar su expulsión. O la maestra de Burma de 50 años que, al enterarse de que sería deportada, imploró del otro lado del vidrio en la sala de visita "reza por mí, reza por mí".
"Era como verla que se ahogaba", recuerda Schoen.