Alemania y Francia no sólo fueron naciones adversarias, sino literalmente enemigas. En términos políticos y bélicos.
Lo mismo Alemania y Polonia e Inglaterra y España. Todas ellas aparecen hoy cobijadas por el manto de la Unión Europea, bajo el cual tienen cabida sus diversidades milenarias. Es decir, conviven en paz tanto los antiguos enemigos como los amigos lejanos y los vecinos incómodos.
Para Europa es prioritaria la paz y, por eso, se mueve mucho más en función de los principios democráticos que de las tesis ideológicas.
América del Sur, en cambio, cuyo destino histórico es un denominador común de identidad, aparece incapaz de manejar la convivencia.
Con un discurso que sobreideologiza la política y reedita los anales de la guerra fría, se está quedando anclada en el siglo pasado.
¿Qué es el socialismo del siglo XXI? Nadie lo sabe, ni siquiera quienes lo suscriben. No puede ser el mismo del siglo XX, dado su impresionante colapso. Los más pobres siguen esperando respuesta a sus angustias, pero la expectativa que les ofreció el socialismo clásico desapareció. En otras palabras, la enfermedad subsiste, pero el remedio no funciona. Es preciso buscar otro.
Si la nueva medicina es el socialismo del siglo XXI, bienvenida. Pero habría que definirla y diferenciarla para no hacer demagogia.
¿Qué es la revolución en el siglo XXI? No está claro. Tampoco puede ser la misma del siglo XX, dada la evolución social.
Hoy las sociedades son diversas, heterogéneas, plurales. No caben en las dicotomías del pasado.
La revolución suponía el triunfo de una ideología sobre la otra, en una lucha de buenos contra malos, que pierde sentido en el pluralismo actual de visiones múltiples, todas legítimas, aunque sean contradictorias. Si es otro tipo de revolución, habría definirlo y diferenciarlo para no hacer populismo.
Se ha puesto de moda en la región un discurso efectista que no resuelve los problemas que denuncia. Una postura de viejo caudillo que maneja la política con el hígado o con el corazón, pero no con el cerebro. El mundo cambia, pero los líderes de la región no se dan cuenta. Ignoran que la política, en el mundo actual, es el arte de buscar consensos entre posiciones distintas e incluso contrarias.
Tienen -eso sí- mucha imaginación para consolidarse en el poder y para jugar en el ajedrez de la guerra fría o de la paz simulada, pero no en el de la coexistencia pacífica. Los gringos rectifican y dejan atrás el unilateralismo. Los cubanos rectifican y proclaman la necesidad de una aproximación intraregional que no se deje perturbar por las diferencias doctrinarias. La democracia cambia y se convierte en una cultura del respeto por el otro.
En nuestra vecindad, en cambio, los presidentes vociferan, gritan, ofenden o callan mientras actúan provocando a sus vecinos.
Polarizan dentro y fuera de sus respectivos países e inducen a una confrontación absurda. La subregión demanda de sus jefes de Estado un trabajo con más responsabilidad que demagogia y con más prudencia que rabia. Su obligación ineludible es convertir las fronteras en vínculo, ayudar a construir puentes que unan y no muros que separen. Lo demás es lo de menos.