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Después de la tormenta: el sol

Partió de Siguatepeque, después de convencer a su padre para que le facilitara un dinero para marcharse y otro poco que había ahorrado
04.02.09 - Actualizado: 04.02.09 05:35pm - Augusto Cesar Zelaya/Reportero ciudadano de Siguatepeque: redaccion@laprensa.hn

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Siguatepeque,

Honduras

Aquel día del ocho de marzo del 2001 iba a ser trascendental en la vida de José Rolando Cruz Reyes, ya que con su pequeña maleta también iban sus sueños de pisar el suelo americano, llegar y trabajar en los Estados Unidos de Norteamérica para ayudar a sus padres, poder construir una casa y casarse.

A Siguatepeque había llegado recientemente en el año 2000, procedente de su natal Flores de Oriente, La Lima, Cortés y trabajaba en la albañilería. El duro trabajo le hizo pensar que era mejor partir hacia el norte en busca del ansiado “sueño americano”, donde podría ganar más.

Partió de Siguatepeque, después de convencer a su padre para que le facilitara un dinero para marcharse y otro poco que había ahorrado.Llegó primeramente a Guatemala, viajando con su pasaporte y su cédula, las que después le serían inútiles por que carecía de visa para ingresar al suelo mexicano, siendo innecesaria su portación, pues tendría que esconderse de las autoridades migratorias. Aún y a pesar de esa barrera siguió y llegó a México D F.Hizo escala en esa gran ciudad metropolitana para después partir hacia San Luis Potosí, en la que estuvo por un lapso de cinco horas antes de tomar el fatídico tren que marcaría su vida.

El tren rugía y traqueteaba escandaloso, era un coloso al cual había que domar y a sabiendas de lo peligroso de la odisea se subió en el rumbo a la ciudad de Monterrey, para después bajarse al haber recorrido un trecho de casi diez kilómetros, con la idea de tomar los vagones de la parte posterior, se bajó y esperó a que el tren volviera su marcha. Cuando nuevamente el gigante iniciaba su recorrido intentó subirse de nuevo, pero no pudo asirse de los barrotes de la escalera metálica que este llevaba en su costado derecho y perdiendo el equilibrio cayó estrepitosamente al suelo, provocándose en esa dura caída una herida en la parte posterior de su cabeza y perdiendo el zapato de su pie derecho, el instinto le hizo pararse rápidamente y volver intentar a subirse de nuevo, ya que pensó que de no hacerlo todo el esfuerzo realizado quedaría perdido.

Esta vez lo logró y tomó asiento en una pequeña planchita de metal, siempre al costado del tren, se acomodó y se relajó, pero al poco tiempo sintió algo caliente y húmedo en la parte posterior de su cabeza y pasándose su mano la miró después, sintió miedo al verla sangrante y la impresión que le causó hizo que su cuerpo se desvaneciera y se desmayara cayendo de nuevo sobre aquella tierra pedregosa y árida.

Veinticuatro horas después de aquel infausto accidente despertó José Rolando, vio que estaba acostado y decidió moverse pero sus piernas no le respondían, volvió su vista hacia la parte inferior de su cuerpo y no las encontró. La tristeza fue grande y lloró amargamente en uno de los cuartos del hospital Doctor Ignacio Morones Prieto, de San Luis Potosí, sin saber ni comprender que había pasado, ya que el solo recordaba que cuando intentó subirse al tren eran la diez de la mañana y después le contaron que lo recogieron sangrante a las cuatro de la tarde del 26 de marzo de un lugar desabitado y desértico.

Permaneció en el hospital por 45 días en cuidados intensivos, cuatro meses en terapia y rehabilitación y cuatro meses más en el albergue del mismo. El 4 de diciembre del 2001 lo subieron a un avión que lo llevaría a Puebla y después a Mexico DF, un día después llegaría y haría escala en San Salvador y Tegucigalpa para finalmente aterrizar y llegar a San Pedro Sula, para esa noche dormir en la ciudad de La Lima.

El 6 de diciembre llega Rolando a Siguatepeque y sus padres lo reciben emocionados pero con dolor y llanto en sus corazones. A pesar de que su caso era conocido en la ciudad, no fue sino hasta el mes de septiembre del siguiente año que le dieron la cobertura noticiosa en un canal televisivo local, a instancias del pastor de la iglesia “Amor viviente” a la cual el asiste y pertenece, la que le facilitó la manera para que pudiera estudiar un corto curso de computación en el Instituto Francisco Morazán.

La depresión y la soledad fueron su compañía por más de seis largos años, hasta que comprendió que la vida seguía día a día y que había que vivirla. La oportunidad se le presentó cuando un grupo de amigos y familiares lo apoyaron en el proyecto de continuar y profundizar sus estudios en computación, fue así que comenzó sus sueño, hace ya más de once meses en Vimeco, recibiendo el 20 de diciembre en un acto de clausura en Esnacifor un diploma y tres reconocimientos, el primero de Técnico en computación y Ejecutivo de Windows, los otros por Ética y práctica profesional y por su asistencia a los profesores y su colaboración a la institución, sus orgullosos padres lo acompañaron y juntos al final le dieron gracias a Dios.

Hoy el sol ha salido para Rolando después de sortear oscuros nubarrones y en las paredes de su casa cuelgan sus triunfos, lo que una vez la vida le negó, hoy Dios lo premia por su esfuerzo y dedicación.

Hoy alberga sueños esperanzas e ilusiones y quiere estudiar a distancia el ciclo básico de secundaria, obtener un diplomado en Inglés y culminar un bachillerato por madurez, obtener un trabajo para ayudar a sus ancianos padres y poder casarse, por que comprende que a sus 31 años mucho se puede hacer todavía.

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Aquí su breve discurso de agradecimiento y  hablando en nombre de los estudiantes graduados.
Aquí su breve discurso de agradecimiento y hablando en nombre de los estudiantes graduados.

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