Honduras
Cuando el sol se oculta, las casas se vuelven prisiones y las calles son senderos casi desolados. La armonía de Victoria, Yoro, fue interrumpida de golpe por una banda de delincuentes que osaron asaltar un comercio del lugar, pero pagaron su atrevimiento con sangre y desde ese momento la tranquilidad no ha regresado.
Los lugareños se tomaron la justicia en sus manos. Mataron a seis de los diez malvivientes que escogieron el camino fácil de la delincuencia y encontraron una vía de terror.
Tras el incidente, se pusieron en práctica medidas extremas: desde las siete de la noche hay toque de queda decretado por la Alcaldía y otras acciones preventivas.
Trinidad Chávez, juez de Policía del pueblo, cuenta que para que Victoria vuelva a ser el lugar apacible de siempre no ha quedado otro remedio que restringir la circulación de personas.
“Éste siempre ha sido un pueblo trabajador. Nunca hemos tenido problemas por delincuencia, pero ahora hay que defender a nuestro pueblo”, cuenta con tristeza.
Un toque de queda sólo se decreta en situaciones extremas en que la criminalidad desborda y sobrepasa la capacidad de prevención de las autoridades.
Después del huracán Mitch, en 1998, se aplicó un toque de queda pues los delincuentes estaban aprovechando que la tormenta debilitó el sistema de seguridad.
Pero hoy un fenómeno natural no provoca la respuesta tan drástica de un pueblo, sino la incapacidad del Gobierno de controlar la delincuencia común y organizada.
“El que desobedezca va a dormir a la posta hasta el día siguiente”, indicó Chávez.
Solamente los estudiantes de centros educativos nocturnos y miembros de iglesias que tiene cultos tienen permiso especial de transitar después de las siete de la noche, pero esta licencia se les suspende a las 10.00 pm.
Los vecinos que integran la mesas de seguridad ciudadana también hacen rondas junto a los policías del municipio.
Victoria es un municipio de unos 35 mil habitantes que comprende el pueblo, 40 aldeas y 135 caseríos, en su mayoría dedicados a la ganadería y el comercio.
El tiroteo
El inusual suceso de ese día supera cualquier libreto de Hollywood sobre el viejo oeste, de esas historias en que el pueblo temeroso se arma de valor y corre a los malos que llegaron para sembrar el terror.
El reloj marcaba casi las nueve de la mañana del 2 de junio pasado cuando un pick up con diez personas a bordo se estacionó frente a un negocio.
Del carro bajaron ocho delincuentes que entraron en el comercio y gritaron: “Éste es un asalto”.
Los otros dos malhechores quedaron dentro del automotor, vigilando la posible llegada de policías.
Los malvivientes que entraron en el negocio exigían al dueño del establecimiento todo el dinero que tenía, pero mientras eso ocurría un joven se quedaba sin aliento corriendo por las calles para avisar del hecho a la posta del pueblo.
“Un niño me contó que estaban asaltando el negocio y salimos en veloz carrera para actuar”, dijo la policía Juliana García.
En la posta sólo había dos policías, pues otros cinco asignados a Victoria estaban ese día de misión en otro lugar.
García y un compañero fueron al sitio; al percatarse, los dos delincuentes que estaban en el carro se dieron a la fuga y dejaron a sus compinches en una trampa mortal. “Los del carro nos agarraron a tiros al vernos y respondimos”, contó la agente sobre los primeros minutos de la refriega.
El dueño del local gritó a los policías que se fueran porque los ladrones les habían advertido que “primero muertos antes que entregarnos”.
“Si se acercan (los policías), matamos a estos perros (rehenes en el negocio)”, gritó otro de los criminales, según la agente del orden. Tras una fallida negociación, los delincuentes salieron a la calle y retuvieron al dueño del comercio, su familia y varios clientes.
Su intención era cruzar la calle y llegar al estacionamiento donde estaba el carro del propietario de la tienda para salir huyendo. Pero, temerosos, los ocho malhechores empezaron a disparar y los dos policías respondieron al fuego.
Apoyo ciudadano
La lucha era desigual, pero de repente las calles cercanas al negocio se empezaron a llenar de vecinos armados que no dudaron en usar sus pistolas para proteger a los policías. “Eran más de cien personas. Los tiros salían de todos lados. Nunca habíamos visto nada igual”.
Al producirse el tiroteo, los delincuentes decidieron liberar a los rehenes y todos emprendieron carrera hacia diversos lados. Uno de los criminales quedó herido en el estacionamiento, manando sangre profusamente. Un vecino corrió a rematarlo.
Los otros siete corrían despavoridos para escapar de la furia de los victorenses.
La Policía logró capturar a dos luego de una incesante carrera. “A uno lo herimos y el otro quedó sin munición”, explico García.
Los dos ladrones fueron llevados a la posta, adonde llegaron coléricos ciudadanos exigiendo que se los entregaran.
A quienes primero intentaron matar les suplicaban que los protegieran.
“Le dijimos a la gente que no los podíamos dar porque estaban bajo nuestra custodia. Los delincuentes pedían perdón y nos rogaban que no los diéramos”, explicó otro agente policial que participó.
Los mataron
Los otros cinco compañeros huyeron a las montañas, atravesando quebradas y lomas de las aldeas cercanas.
Sin embargo, su suerte estaba echada, “los vecinos nos dijeron que no los iban a dejar salir con vida”, contó la policía. Esas palabras fueron ciertas. De nada les sirvió esconderse o suplicar, pues cada vez que un aldeano divisaba a uno de los delincuentes, lo ajusticiaba.
Los cuerpos fueron llevados a Medicina Forense de San Pedro Sula.
“Aquí uno ya no está seguro. Es increíble lo que ha pasado. Éste siempre ha sido un pueblo tranquilo”, dijo Osberto Landa, dueño de un negocio.
Cualquier rostro extraño ahora es visto con recelo en Victoria. Los murmullos invaden las calles ante la presencia de cualquier desconocido, de potenciales delincuentes que firmen su sentencia de muerte si intentan volver a cometer un crimen.
Desde este lamentable incidente, los lugareños han tenido que refugiarse de la delincuencia en sus propias viviendas.
