Honduras
Don Efraín López es un limeño de 90 años que recuerda con nostalgia la época cuando La Lima se destacaba como un centro de cultura y desarrollo gracias a la inversión de las compañías bananeras. Trabajó como mecánico industrial en la Tela Railroad Company. Cuenta que en un tiempo vivió en Estados Unidos y estuvo a punto de perecer en el naufragio de un barco en el cual trabajaba.
Entonces volvió a su tierra natal y ahora este hombre, que no aparenta haber vivido nueve décadas, fabrica anillos en una pequeña prensa instalada en el corredor de su casa.
Junto a su propiedad hay una locomotora de vapor manufacturada por la Baldwin Locomotive Works de Filadelfia, EUA. Una placa muestra que salió de la fábrica en febrero de 1945 y otra especifica que perteneció a la armada de EUA. Esta compañía dejó de operar en 1956, pues no se adaptó a los motores diésel. El recuerdo melancólico de Don Efraín, de la época cuando La Lima era un centro cosmopolita, si se compara con San Pedro Sula que se reduciría a una aldea, y el testimonio mudo de la máquina 151, son apenas vestigios de la denominada “capital del oro verde” y su época de esplendor.
Pasado y presente
Una visita rápida a la ciudad de La Lima nos muestra un amplio sector de la población que añora la época de oro de las compañías bananeras. “En ese tiempo uno no se preocupaba por nada. La compañía lo daba todo, vivienda, energía eléctrica y muchas otras cosas”, dice don Efraín.
Ahora sólo quedan los recuerdos. La oscuridad del pasado ha devorado el sonido de las pesadas máquinas sobre los rieles, la música jazz de los centros sociales... el presente es otro y reta a sus pobladores a construir una nueva era.
Muchos limeños se quejan de las calles que se inundan cuando llueve por falta de una red pluvial efectiva. Observamos cómo los estudiantes de un centro educativo debían cruzar una laguna que se forma casi enfrente de su instituto.
Para Milton Castillo, presidente de la Cámara de Comercio e Industria de La Lima, no se puede atraer la inversión “sin servicios básicos”. Añade que “las aguas residuales y lluvias representan un grave problema para La Lima”.
Aunque admite la falta de apoyo para el gobierno municipal. “San Pedro Sula tiene una deuda millonaria con este municipio y esos fondos podrían invertirse en el desarrollo de obras públicas”, comenta.
Dilcia Fernández, alcaldesa de La Lima, explica que con el Gobierno pasado buscó impulsar proyectos de alcantarillado y agua pluvial: “Hubo compromiso del señor Saro Bonano, pero siempre repito que había miopía política hacia nuestro municipio. No aprobaron un solo proyecto”.
Asegura que son obras que escapan al presupuesto de la Alcaldía y por eso buscaron el apoyo del Gobierno. Espera que se honre la deuda de 19 millones de lempiras que la Municipalidad sampedrana tiene con La Lima.
Lucha cotidiana
Lejos de las grandes inversiones bananeras y de otras actividades, en La Lima viven personas como la profesora Vilma Pérez, quien desde la época del 80, y con mucho esfuerzo, ha generado ingresos mediante una pequeña empresa.
También tuvo su época de oro en la fabricación de peluches que comercializaba en todo Honduras. Aunque aún hay evidencias de ese trabajo, ahora se dedica más a la fabricación de muñecas, que se venden principalmente en EUA.
“Lastimosamente algunas personas cuando se dan cuenta que estos productos son hondureños deciden no comprarlos, a pesar de que antes sí lo hacían. En el pasado daba empleo a varias personas, pero con las dificultades y la inseguridad decidimos ocuparnos en otras cosas y reducir personal e inversión”, comenta.
Así como ella, gran parte de la población atiende pequeñas empresas o de dedica al comercio formal e informal.
Despertar
La Lima se ha convertido en una ciudad dormitorio, pues muchos de sus habitantes deben movilizarse a otras zonas para trabajar y retornan por la noche a sus hogares.
Milton Castillo dice que es necesario aceptar ese hecho. Sin embargo, prosigue: “La Lima tiene gran potencial para desarrollar sectores como la maquila y el turismo”.
La alcaldesa Dilcia Fernández responde sí cuando le preguntamos si la nostalgia por la bonanza del pasado atrasa el despegue del municipio.
“No deja de hacer daño porque en esa etapa todo lo tuvimos y no lo apreciamos. En el aspecto educativo la Tela proveía uniformes, cuadernos, profesores, merienda, útiles escolares.... parecía todo tan fácil. La gente no está acostumbrada a pagar impuestos y eso nos genera un grave problema porque todo lo tenían gratis”.
Pero considera que desde 1998, cuando el huracán Mitch causó estragos y obligó a que la Tela despidiera a muchos empleados, los limeños han ido despertando”.